
Cuando emprender deja de ser libertad y el autoempleo pasa factura
Trabajar por cuenta propia no siempre significa vivir mejor. Jornadas interminables, ingresos inestables y una gestión sin estructura convierten a muchos autónomos en prisioneros de su propio negocio. Este reportaje analiza por qué el autoempleo puede convertirse en una cárcel invisible y qué claves permiten recuperar el control.
El autoempleo suele presentarse como una promesa de libertad. Libertad para decidir, para organizar el tiempo, para trabajar en aquello que a uno le gusta y construir un proyecto propio. Es el relato que empuja a miles de personas a dar el salto cada año. Sin embargo, para muchos autónomos, esa libertad inicial acaba transformándose, con el paso del tiempo, en una sensación muy distinta. Jornadas interminables, ingresos irregulares, dificultad para desconectar y una presión constante que no siempre se reconoce en voz alta. El problema no es el autoempleo en sí, sino cómo se gestiona.
Trabajar por cuenta propia no debería equivaler a trabajar sin límites. Pero en la práctica, muchos autónomos acaban atrapados en un modelo que depende exclusivamente de su tiempo, su presencia y su energía. Si no trabajan, no facturan. Si enferman, el negocio se resiente. Si quieren parar, no pueden. Y así, casi sin darse cuenta, el proyecto que nació como una vía de independencia se convierte en una jaula construida con horas, responsabilidades y miedo a perder lo conseguido.
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